El lado Z de toda ciudad

Si de vez en cuando Santiago me parece una ciudad amable es porque he aprendido a mirarla y recorrer sus calles con cierta ferocidad displicente, como un lobo astuto, luctuoso, entre corderitos ciegos; porque ¡sí, así es! Todos, corderos y lobos, yaciendo en aglomeraciones monstruosas de edificios y caos de poblaciones nuevas. Santiago es repulsivo y fascinante… como una araña. Sus veredas rotas y la caca de perro, los botes de basura repletos y parte de su contenido disperso en el suelo: los perros hurgaron, comieron; satisfechos: cagaron a entero antojo. Ojo con pisar. Mierda en las veredas y en las casas, mierda reunida en las esquinas. Así, Santiago parece un gran bostezo emitido con desidia repugnante, una gran bocaza de dientes putrefactos, un bostezo de hedor infernal que trata de ocultar masticando un chicle de menta verdeoliva, triturándolo. Saliva fétida impregnada en la goma que rumia y nunca se decide a escupir, aunque ésta haya perdido todo su sabor; la ciudad no te suelta tan fácil. La ciudad se transforma en un chicle infecto y pestilente que extiende como ameba sus seudópodos por la cuenca y el valle, Santiago como un gran ano follado por millones de vergas gonocócicas y purulentas, lobos y corderos pegoteados en un chicle de pus: habitantes felices. Corderos que vagan como orquesta de pedos por sus calles céntricas, corderos de piernas abiertas y culo dilatado. ¡Oh, Santiago querido! Ahí decidí ser el punto de negociación entre el piojo blanco y el glóbulo rojo y pasear, cuchilla en mano, fingiendo amistad con lobos y corderos.
Pasear por un Santiago lleno de voluntades laxas y deseos inconfesables; yo me aprovecharía de ello: en un pubis de promiscuos parásitos escogería el mejor sitio para chupar la sangre hasta tornarme en masa informe, hecha para alimentarse y cagar: quería ser rico, y lo conseguiría fuese como fuese; para aquello, debía ser un lobo: el mejor/peor entre todos ellos, el macho alfa; tienen que acercarse a mi real culo euskal con cabeza gacha y cola en dirección al suelo. Hay que hacerse respetar en la manada. Un lobo debe asegurarse, y lo puede hacer de numerosas formas, curiosas. Fingir, por ejemplo, que se es una pendeja idiota y bastante putona – ¡una zorra absoluta, señor! - incapaz de pasar un minuto sin tener algo con que ocupar la entrepierna. Finges que tienes 12 años y te levantas la pollera cada vez que te piden que enseñes lo que hay debajo de. No llevas calzones, claro; sonríes cuando te magrean con uno, dos, tres y hasta con la mano entera. Tratan de calentarte, pero tú sonríes estúpidamente y no dices nada pues nada es lo que te pasa. Finges. Sigues con la misma mueca idiota cuando se llevan los dedos a la nariz y aspiran con fruición desconcertante el único olor que me ha intrigado y repugnado a la vez: el olor a concha. Hay que seguir sonriendo, haciéndose la hueona, la yo-no, que crean que no sabes qué mierda pasa, que se distraigan hasta que su cuello quede tan a la mano que no sea ningún problema el rebanárselo y afanarle la billetera, el reloj, lo que venga. Y arreglarse la ropa, mirar hacia otro lado y seguir caminando por las veredas –conocidas y desconocidas- evitando cuidadosamente pisar la mierda que otros han dejado antes.


1 Comments:
Felicidades Fido, la primera es la dificil y que mas cuenta y lo demas llega solito . Suerte
4:50 p. m.
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