Un caramelo no amarga a nadie

A todos los ataques que sentí haber recibido por parte de mis enemigos respondí con sinceridad brutal. Planificación meticulosa, nada pude ser dejado al azar, ningún detalle sin atar; concordancia plena entre visión de vísceras dispersas en pavimento sucio y su olor repugnante: intestinos colapsados, reventados con fuerza. Ése fue el modo como pude quedar en paz con Antonio Terzzi, a quien siempre miré con tristeza y en el fondo despreciaba un poco. Maldición, él siempre tan –insultantemente- perfecto, tan mejor que yo. Eso era una bofetada, corrección y perfección: nauseas. Todos lo admiraban de modo sucinto y le rechazaban explícitamente. Irritaba el no poder odiarlo sin restricciones, siempre un pero antes de decidir si patearlo o no. Cautivaba, eso era lo que. Sugería algo, no sé; me pajeé cientos de veces pensando en como follármelo, estaba seguro que él también. Mariquita, mariquita ¡Ay, niñita!; se escuchaba como bajo sonido de anuncio -¡Hey, ahí viene!- en la calle. Creo que ninguno de nosotros sabía exactamente qué cresta era ser un maricón, cuáles eran sus actividades, por qué se era maricón y para qué hacer todo ese show de desprecio. Creíamos que era marica y eso, fuese lo que fuese, nos ponía inmediatamente en animadversión. Yo era marica sin saberlo. Le miraba el bulto y el culo a los tíos vestidos y la verga sin restricciones cuando nada los cubría, como en las duchas y los vestidores de las piscinas. Supongo que yo no era marica por el hecho de jugar a la pelota; me agarraba a patadas y mojicones con mis camaradas; escupía, insultaba, apedreaba, amenazaba y cumplía. Como Hombre. Lo otro, bueno, a todo hombre le gusta que se la mamen, a nadie le amarga un caramelo; me chupaban el pico y yo lo hacía asimismo, en virtud de las enseñanzas impartidas por el cura Le-Fort, ésas de dar lo que los demás esperan, de ser generoso. Yo le respetaba y hacía caso, eso sí, cuando me acordaba de sus mamonerías, lo cual no era muy frecuente que digamos, mala memoria completamente intencional. Ya había dejado de rezar, pues ya estimaba que no tenía perdón, así que el rezo era totalmente inútil. Quería desde ya valerme por mí mismo, como un hombre. Como hombre me ponía de pie y bajaba la cremallera para que me la chuparan. Como hombre la chupaba, con una pequeña mueca de asco, sin contarle a nadie, sin pasar el culo jamás: ése era maricón, suponía acertadamente (?); sí, ese sí era El Maricón.
Jugábamos en cofradía. Juguemos a eso, hagamos eso; estoy solo en casa, ¿por qué no hacemos eso? Eso fue a lo que Toño dijo que no. Le propuse el juego como prueba que podía ser amable y considerado con él, que podíamos ser amigos. No recuerdo bien, exactamente, qué fue lo que me dijo. Lo olvidé. Antonio Terzzi me hizo ver que eso era lo que hacía un marica. Su no. Eso dijo. No. La pandilla de chicos que reinaba por todas las calles del barrio era tan sólo una camarilla de mariquitas que protegían sus espaldas tratando de no rozar ni menos presionar con el bulto delantero el traserito fulgente. Nuestro grupo era una bandada de pajaritos tralalí-tralalá que alegres y cantarines se posaban bajo la sombra de flores magníficas acicalando un plumaje espléndido, impregnándose de exquisita fragancia en un jardín etéreosensual. Y la piedra más dulce nos dio –a todos- de lleno en nuestras cabecitas pajariles. Guardé el secreto de lo que me había sido revelado. Un espejo roto me llena de astillas, tardé 7 años en sacármelas. 7 años transcurren hasta encontrarnos nuevamente para verlo más maricón que nunca, más guapo, más fragante y ahora, tengo un umbral de tolerancia mucho más bajo ante un no.


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